10 mayo, 2012

A propósito del crecimiento

Cuando, en septiembre de 2007, el exministro de hacienda Andrés Velasco dio cuenta de las partidas presupuestarias estatales proyectadas para el año 2008; Aventuró algunas líneas sobre el futuro económico de Chile. Fue así como junto con explicar didácticamente cuál iba a ser el contenido del gasto gubernamental presentado al Congreso, afirmó lo siguiente: “Si seguimos creciendo a la velocidad del 90 a la fecha, el año 2020 alcanzaremos los ingresos de un país por ejemplo como Portugal. Entonces podremos decir que somos desarrollados.  Queremos ser desarrollados para tener más democracia y oportunidades. Para poder elegir la vida que tú quieres vivir, no simplemente la que te toca. Hoy los chilenos finalmente podemos aspirar a eso.”
Aún sin entrar en la discusión entre crecimiento económico y desarrollo económico, la afirmación del exministro se vuelve un axioma frágil y difícil de sostener en los tiempos actuales. Y no porque las cifras que entregue sean falsas (para el año 2011 el PIB en Chile fue de 212 mil millones de dólares y 228 mil millones en el caso de Portugal). Las palabras de Velasco establecen una relación directa entre un incremento en el PIB de una nación y su condición como país desarrollado, y ahí está la equivocación. Según los datos entregados por el Banco Mundial (2010) las economías de Brasil (8) y México (11), tienen un PIB más alto que países como España (13), Canadá (14) o los Países Bajos (21). ¿Esto convierte a Brasil y México en países desarrollados? Evidentemente que no. Tampoco el ingreso per cápita de los países es un reflejo de haber alcanzado el estatus de desarrollo, porque no asegura que se establezcan relaciones sociales igualitarias e integradas. Este último aspecto aun no ha sido incorporado en el debate y es fundamental porque no es posible hablar de un país desarrollado, sin buscar la paz social basada en la equidad y solidaridad.
Son otras cifras las que deben centrar la atención y alimentar el debate. En el año 2010, el gasto del Estado respecto del PIB es de 32,4% en Portugal mientras que en Chile llega al 22,9%. La media en los países de la OCDE es de 43%. Por otro lado la tasa tributaria total (impuestos que pagan las empresas de las utilidades comerciales) es del 25% en Chile, del 42,7% en Portugal y de 43,3% en la OCDE en el mismo período de tiempo. Un país que mantiene un bajo gasto público y una limitada carga tributaria, difícilmente podrá acortar la brecha entre sus ciudadanos redistribuyendo sus ingresos y creciendo con equidad. Por ello, más que celebrar las cifras totales del PIB o del crecimiento anual, es necesario centrarse en las cifras microeconómicas.
Ha sido el  endeudamiento de las personas con la banca y el retail el principal motivo que ha permitido incrementar la capacidad de compra de los hogares chilenos. Mientras el crecimiento de base en un espejismo será imposible elaborar un diagnóstico adecuado en materia económica. Así mismo no sirve ningún tipo de ingreso ético mientras no exista en Chile un sueldo que permita vivir dignamente sin requerir de endeudamiento para cubrir necesidades básicas como alimentación y vestuario. Siguiendo con el ejemplo entre Chile y Portugal, el sueldo mínimo alcanza $182.000 pesos (298 euros) y $315.000 (497 euros) respectivamente.
No es posible considerar a un país como desarrollado como tal si sus ciudadanos se visten y comen con tarjetas de crédito. Mientras la banca se enriquece y los impuestos son bajos, es imposible revertir en un incremento del gasto público y menos de pensar en la redistribución. En definitiva se ha de dejar en claro que las estructuras macroeconómicas de los países llevan a la equivocación si no se complementan con el detalle microeconómico.  El ingreso del salario mínimo debe ser una prioridad para llegar a los $250.000 pesos (398 euros).
El desarrollo de Chile no se puede basar en ingresos éticos. Primero porque no atacan al problema de fondo y segundo porque tiene un efecto mínimo en la economía de las familias. Que trabajo en Chile no asegure dejar de ser pobre es un hecho que genera violencia, no solo porque es un atropello permanente a los miles de personas que trabajan por el sueldo mínimo sino porque debido a la permanente publicidad conocen perfectamente qué es lo que se “están perdiendo” en un mundo globalizado.


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