Para el caso de la abdicación del rey Juan Carlos las opiniones vertidas tampoco son neutrales ni siquiera aquellas que provienen de personas, generalmente académicos o intelectuales sin compromisos partidistas, que frente a otros temas se aproximan a niveles aceptables de imparcialidad. ¿A qué se debe esta situación? ¿Por qué este acontecimiento limita la objetividad del diagnóstico que se hace del mismo? Las primeras pistas las encontramos en la excepcional influencia que la monarquía ha ejercido sobre las funciones de todos los sistemas sociales españoles y en las acciones de sus ciudadanos. Aunque lo deseen, tanto instituciones como individuos no pueden abstraerse ni ser neutrales frente al fenómeno de la abdicación, puesto que la monarquía ha sido el factor determinante en la constitución de sus propias identidades. El imaginario colectivo construido por los españoles asentó sus cimientos en la monarquía permaneciendo invariable hasta nuestros días. Es difícil encontrar otro acontecimiento de similar magnitud en la historia reciente de España, en efecto no es casualidad que el régimen de estado adoptado después de la dictadura franquista sea una Monarquía Parlamentaria.
Que el sistema político español se decantara hacia un proyecto monárquico se explica en primer lugar por las disposiciones e intereses de las élites. Este hecho no ha sido cuestionado con el suficiente énfasis por la opinión pública, así como tampoco lo ha sido el debate por la congruencia y oportunidad de tal decisión. Esto porque dos nociones han eclipsado cualquier intento de enriquecer el debate: la transición y la recuperación de la democracia. Ambos asuntos luego de ser cristalizados conceptualmente fueron repetidos, por la clase política, hasta difuminar los intereses de las élites que lo hicieron posible. De esta manera han conseguido una legitimidad casi incuestionable del sistema monárquico, transformándolo en la piedra angular del nuevo contrato social del Reino de España. Tal ha sido el peso conceptual que la transición y la recuperación de la democracia han tenido en la configuración de la sociedad española, que incluso se ha presentado como un “modelo ejemplar” capaz de ser “exportado” a cualquier otra sociedad que finalice un régimen autoritario, enarbolando una suerte de receta o fórmula magistral forjada por el conjunto de la sociedad española.
¿En dónde radica el éxito de esta situación? En primer lugar ha sido posible gracias al valor del consenso político. En este contexto el consenso irrumpe como un valor superior y esencial que progresivamente va adquiriendo un aura de solemnidad hasta constituirse en otro símbolo mitificado de sí mismo. Esta situación permite imaginar “narrativa compartida”, cuya solidez impugna a cualquier evento que cuestione esta representación, catalogándolo como un intento profano por socavar aquel dogma, que apresar de haber sido construido por las élites es percibido como una conquista popular.
El segundo concepto apunta al rol desempeñado por rey Juan Carlos en el intento golpista del 23 de febrero. Su intervención mediática en defensa de la naciente democracia derivó en un cambio de imagen frente a la opinión pública, convirtiéndose en un hecho de una alta carga simbólica: ahuyentar los últimos fantasmas de la dictadura. Así la puesta en escena es completa. Por un lado tenemos una legitimación de hacer las cosas a partir de consensos (recuerda a los “grandes acuerdos” de la política chilena) donde todos los actores ceden en sus posiciones hacia una situación de mesura y neutralidad, y por otro lado se encuentra la figura de un rey que defiende la democracia (lo que a todas luces es una paradoja que juega en su favor, porque la democracia nace en oposición directa a la monarquía). Ambas situaciones no sólo lo transforman en el máximo referente dentro de la política española, sino que con el paso del tiempo lo han encumbrado a la categoría de héroe contemporáneo.
Luego de hacer el anuncio de su abdicación, muchos hablan sobre el olfato político del rey y su ágil lectura de los acontecimientos, anticipándose y consiguiendo resultados óptimos en las estrategias planificadas. Como el apoyo entregado a Adolfo Suarez que posteriormente quitó cuando éste perdió el respaldo de los partidos políticos. Sin embargo en esta oportunidad la situación es diferente porque Juan Carlos al delegar sus funciones en su hijo Felipe, está debilitando el blindaje que su propia figura la ha transferido al sistema monárquico. En un contexto con un profundo cuestionamiento de las instituciones por parte de la ciudadanía, la monarquía está obligada a reaccionar y absorber esta situación en un momento donde su fragilidad es la más alta desde su creación. Si a esto le sumamos su resistencia histórica al cambio el panorama no es alentador, puesto que la apertura estructural que ha iniciado traiciona sus principios constituyentes. En consecuencia la abdicación del rey Juan Carlos en favor de su hijo Felipe no ocasionará el fin inmediato de la monarquía en España, porque ha ganado tiempo al frenar la deteriorada imagen de la Casa Real (casos de corrupción, cacería del rey y poca transparencia en los gastos) pero sin dudas es la confirmación de su progresivo declive, que ya había comenzado por su incapacidad para adoptar una nueva institucionalidad y por la negación de los procesos democráticos que comienzan renuevan la política en España.

